12 DISCRECIÓN

El justo medio

El don de discernimiento

Comprender y gustar

Verdaderas y falsas virtudes

Prudencia y caridad

Saber abrir y cerrar los ojos

Saber mortificarse

Inspirarse en la visión de los superiores

Conciliar las órdenes dadas

Justificar a la autoridad

Discreción con los extraños

Decoro

Prudencia en la predicación

Prudencia en el confesionario

Circunspección necesaria

Pensamientos 12


12 DISCRECIÓN

 

La discreción es la virtud de la justa medida que lleva directo ti la perfección, evitando todo exceso y todo escollo. Es, por decirlo así, el alma de las virtudes morales y, en la práctica, se traduce en una, feliz dosificación de lo simple y de lo prudente: "Sed prudentes como serpientes y sencillos como palomas " (Mt. 10, 16) - enseñaba el divino Maestro.

Él mismo, en su comportamiento, mostraba la mejor simbiosis de las dos virtudes, aparentemente opuestas. En realidad, son complementarías, como la mayor parte de ellas. Lo propio de la discreción es mantener entre todas equilibrio y concordia en el camino hacia la santidad.

Director de almas toda su vida, san Miguel se sentía particularmente marcado por la importancia de esta delicada virtud. Varias conferencias enteras, en 185 7 y en 1858, le consagró, insistiendo de modo especial en las disposiciones que requiere: humildad y obediencia, que garantizan la prudencia; la apertura espontánea del corazón, que es fruto de la sencillez.


El justo medio

Nuestra naturaleza y el demonio nos llevan siempre a los extremos. Si nos dicen: "No tantos cuidados" arruinamos la salud al servicio de Satanás. Si nos dicen: "Cuídate", llevamos el cuidado hasta el ridículo.

Sucede lo mismo con las virtudes. Da nobis in codem spiritu recta sapere (Danos en el mismo espíritu el gusto de lo recto)... Para el justo medio recomendado por el buen sentido y por la regla, necesitamos una ayuda sobrenatural para descubrirlo y tenerlo. ¡Qué pocos lo consiguen! Y cuando lo encontramos, decimos: ¡Qué tacto! ¡qué exactitud!

Es lo que vemos en los santos y, sobre todo, en la Virgen María. Cuanto más heroica es su magnanimidad tanto mayor es su humildad y aquélla aumenta en proporción de su humildad.

¿Cuándo dice: Ecce ancilla? ¿Cuándo se anonada más? Cuando se presta a la sublime dignidad de Madre de Dios, cuando se cree capaz de soportar la dignidad de Madre de Dios.

San Pedro pasaba de un extremo a otro: sequebatur a longe (lo seguía de lejos); y antes, a sablazos. Cuando nos piden actuar de esa manera, decimos: "¿Qué exige la regla? ¿Qué haría el superior?" No hay que hacerse caso a sí mismo; ni a los amigos tampoco: nuestros mejores amigos son a menudo nuestros peores enemigos.

Sigamos los principios salvadores para realizar el bien en el justo medio. ¡Qué alegría, entonces, qué trasfondo de paz, poco importa la dirección que toman las cosas! Entonces no seremos como una casa edificada sobre arena, que se desploma con el viento y hace correr la misma ruma a las demás.

Sin esa humildad y ese sólido asentamiento en la roca, no hay carácter, ni hombre, ni obra verdaderos (I).

 

El don de discernimiento

La discreción es una virtud extremamente importante, guardiana de las demás, necesaria para la perseverancia final. Sin ella, con la práctica de las virtudes, no sólo las comunes sino las heroicas, cometemos las peores faltas, y, hablando como los santos Padres, llegamos al más detestable final.

¿Qué es, pues esta virtud? El discernimiento interior que nos permite distinguir el bien del mal, lo que tenemos que hacer y lo que tenemos que evitar, el fin que tenemos que alcanzar y los límites que no debemos traspasar, según la medida de la gracia y los deberes de la situación, no yendo nunca a derecha, erigiéndonos por encima de la medida de la gracia y sin traspasar los límites de la posición por un fervor indiscreto Y una ciega temeridad; tampoco a izquierda, por cobardía y para no agobiar el cuerpo.

Siendo la discreción la pureza de la mirada del alma, si el Ojo del alma no ve claro, todo el cuerpo estará en tinieblas, incluso con la mejor intención del mundo.

Virtud de la que debemos sentir de modo particular necesidad, nosotros que pertenecemos a una comunidad cuyo origen, fin y ministerios son tan sublimes; a una comunidad que se formó a pesar de muy débiles medios, qué digo, a pesar de todos los obstáculos traídos y que traernos bajo cualquier forma y que está ubicada en circunstancias tan delicadas frente a Dios, la Iglesia y frente a sí misma.

Sin duda, lo hecho, lo que vemos, debe favorecer nuestra admiración y reconocimiento. Pero, en lo que nos toca, temamos aportar obstáculos a la obra de Dios por falta de discernimiento. Temamos correr la misma suerte que los cedros del Líbano, que cayeron luego de suscitar la admiración, arrastrando a los débiles a la ruina.

Nada debería resultarnos más natural que la sensación de nuestra miseria e impotencia para adquirir el espíritu de discreción.

En otros ámbitos, teológico, político, filosófico. se ve claro. Pero la senda de la discreción es un camino escondido, oscuro, fértil en naufragios. Por eso, la Iglesia nos hace reconocer esa impotencia a cada momento, esa miseria que dice siempre socorro en cualquier obra: Da nohis in codem spiritu recta sapere (danos en el mismo espíritu gustar lo recto). Cor mundum crea in me, Deus, et spiritum rectum innova (Oh Dios, crea en mí un corazón puro y renuévame por dentro con espíritu firme) (Sal. 50, 12), 4). Es lo que pedimos como niños, sin saber demasiado lo que pedimos. Pidamos inteligentemente ese don, gustar ese don, ejercer ese don.

La discreción es muy rara. Falta en todas partes: nos metemos en asuntos ajenos, sin ninguna delicadeza para discernir las insinuaciones de Jesucristo, amigo y esposo de nuestras almas. Nos convertimos en títeres del demonio en todas partes: en la mesa, en los ministerios sacerdotales, en los trabajos manuales, en los estudios, a tal punto que podemos escuchar: "Los empleados domésticos trabajan mejor que ese Hermano".

De este modo, después de empezar bien, acabamos miserablemente: como Saúl, que quiere rendir un culto a Dios a su manera, contra las órdenes de Samuel; como Acab, que quiere ejercer la virtud de la misericordia desobedeciendo a Dios que lo condena; como ese cremita que, después de cuarenta años de desierto, se echa a un pozo y, sacado medio muerto, persiste en su idea por falta de discernir la voluntad de Dios de las ilusiones de Satanás transformado en ángel de luz...

Temamos, imploremos al Espíritu Santo: da nobis recta sapere, y traduzcamos ese gusto en la práctica y el rostro de la Comunidad cambiará totalmente: et renovabis faciem terrae (y renovarás la faz de la tierra) (I).

 

Comprender y gustar

En los oficios, por muy humildes que sean. podemos ejercer la inmensidad de la caridad. El establo de Belén, el pesebre, ¡qué lugar más pequeño! y, sin embargo ¡qué perspectiva para el mundo entero! Un niño pequeño, una mujer pobre, un sencillo obrero y, sin embargo, ¡qué importancia para el mundo, ante Dios y los hombres!

¿Qué hay de más pequeño, ante Dios y los hombres. que el trozo de pan que sostiene todos los días en su mano el sacerdote'? Sin embargo, es la más pobre apariencia. Y es que encontramos lo más grande en lo más pequeño.

Por consiguiente, cooperemos con la gracia dentro de los límites de nuestra situación.

La Iglesia nos pone continuamente en los labios la oración para pedir ese espíritu de discreción. Pero habrá que comprenderlo. et de cius semper consolatione gaudere (y gozar siempre de su consuelo). Poner nuestra tranquilidad en los consuelos del Espíritu Santo y no en otra parte. en las creaturas; y eso, semper, no un día, cuando nos alaban, nos quieren. el día de la primera comunión, un día de retiro, sino siempre. como san Pablo: superabundo gaudio (desbordo de alegría)... En medio de sus prédicas y éxitos, teme ser condenado; mientras que, en medio de las cadenas y las tribulaciones, está tranquilo; y, precisamente, prisionero en Roma desde hace dos años, es cuando más cuenta con el éxito.

suelo ...

Es porque hacía la voluntad de Dios y el Espíritu Santo era su con

El Profeta apetecía igual felicidad: Dominus regit me et nihil mihi deerit: in loco pascuae ibi me collocavit (El Señor me conduce. nada me falta, en verdes praderas me hace recostar) (Sal. 22, l). Y ahí encuentra un alimento, una mesa, un cáliz embriagador, contra toda tribulación, contra la misma muerte.

Para nosotros, lo mismo: Dios es el guía: provee a nuestra conducción dándonos superiores.

Tenemos que buscar el reposo, el consuelo en el Espíritu Santo: siempre, no por caprichos pasajeros, como san Pedro que tenía una generosidad personal y a la cual el demonio no era ajeno: "Estás dispuesto a morir por ti". Y después, blasfemias, apostasías, negaciones, en el momento en que habría que mostrarse discípulo de Jesucristo.

Al final, sin embargo, recibió el don del discernimiento. "Pedro, ¿me amasT' En vez de decir: "Aunque todos no os amen, etc."1; responde. desconfiando de sí mismo: "Señor, tú sabes que te amo".

 

Verdaderas y falsas virtudes

¿Cómo se adquiere la virtud? Con la humildad, la obediencia, la apertura a los superiores. Los humildes, los obedientes, los corazones sinceros nunca serán víctimas de las ilusiones satánicas.

No es ningún tonto el demonio: no tratará de arrastramos hacia grandes vicios: borracheras, impureza, etc.; de vez en cuando presentará esas tentaciones, pero no perderá mucho el tiempo.

Lo que busca constantemente es abusar de nosotros mismos a través de fantasmas de virtud y hacemos pasar la vida con ilusiones continuas, con las mejores intenciones, quizás sin pecado venial consciente, para llevarnos al tribunal de Dios con las manos vacías.

En efecto, muchas virtudes de las que nos vanagloriamos, en las que nos apoyamos, las que nos traen elogios y estima, ¿qué son? Apariencias, fantasmas de virtud. Pasaremos la vida idolatrando esos fantasmas, pero pronto un soplo hará desaparecer ese conjunto de virtudes, a veces a

través de una gran caída: magna ruina, que será quizás un golpe de la misericordia divina...

Muchas veces, ¿qué son las amistades, la caridad, las demás virtudes? Impresiones cireunstanciales. Las acciones mismas lo prueban: haremos el bien, nos entregaremos hasta el sacrificio en la sacristía o en otro oficio; y en otro lugar criticaremos a un Hermano, no podremos soportar un carácter fuerte. Obedeceremos a un determinado superior, pero no respetaremos las voluntades de otro. ¿Podríamos afirmar que esas faltas son debilidades? No. Habría que decir que no hay virtud sólida si somos caritativos, obedientes, etc. sólo en determinadas ocasiones. Lo seríamos por impresión: es un fantasma de virtud.

¡Cómo debe reír el demonio cuando ve que nos entretiene tan fácilmente con ilusiones que nos hace incluso quererlas. Con sus engaños, escamotea todas nuestras buenas obras, absorbe todo lo que hay de vida en nosotros y sólo nos dejará los huesos. Nos hace creer que tenemos virtudes, nos toca el vano andamiaje, sin base sólida y que, a un momento dado, se desploma y sólo presenta a la vista grandes y deplorables ruinas...

Las virtudes sólidas son independientes de las circunstancias. El motivo es siempre el mismo: que están fundadas sobre la roca firme de Jesucristo. Ver a Jesucristo en los superiores, no importa qué sean: que sea un Elí prevaricador y maldito de Dios, Samuel le obedecerá como a Dios mismo; que sea un Ananías u otro cualquiera, Pablo le profesará una obediencia perfecta.

No hay virtud sólida sin esta visión de fe, sin este motivo: Jesucristo presente en todas partes, solicitando y recibiendo nuestros servicios Y tratando todos nuestros asuntos con nosotros mismos.

¿Quién no admirará la facilidad que Jesucristo nos da para encontrarlo en todas partes y actuar constantemente con Él y frente a Él? SiemPre y en todas partes solo a solas con Jesucristo. La voluntad de Jesucristo en lo que hago según la regla. Jesucristo en mis superiores, sean cuales fueren. Jesucristo en mis hermanos, recibiendo mis servicios como si de Él se tratara. ¡Vaya facilidades que me ha dado para vivir íntimamente con Él! ¡Qué honor! ¡Qué felicidad! ¡Qué seguridad! Una persona que vive así, ¿con quién compararla? ¡Qué abundancia! Nada falta. Dios está ahí, siempre con él, guiándolo. Ahí está el fondo, lo íntimo, la esencia de la virtud sólida (1, C).

 

Prudencia y caridad

La regla exige no inmiscuirse en el oficio ajeno. Pero hay que ayudar, cuando la caridad lo exige, sin dejar, por espíritu judaico, a los hermanos abrumados de traba o (P).

 

Saber abrir y cerrar los ojos

¡Cuánta gente abusa de sí misma con un celo indiscreto! Cuando habría que silenciar los defectos ajenos, criticamos, regañamos a tontas y a locas. Cuando habría que hablar, corregir según el Evangelio, guardamos silencio por respeto humano, por cobarde complicidad. Tendríamos que tener un corazón, una caridad y una humildad tan grandes que no viéramos los defectos ajenos y sí nuestras propias miserias. Comulgo: ¿comulga otro conmigo? No es mi asunto y, si quiero, puedo dejar de saberlo...

Alguien comete una falta en nuestra presencia, al instante debiéramos disculparlo en pensamiento y de palabra.

Por otro lado creo, ante Dios, que una corrección fraterna es necesaria y útil. La haré lo mejor posible, me dirigiré al superior, si necesario.

En vez de guardar el medio prudente de la virtud, caemos en el exceso contrario: escrutamos con curiosidad el comportamiento humano. lo censuramos sin que nos manden; publicamos, incluso ante el mundo, los desórdenes, los escándalos del santuario, mientras que no diremos nada a los superiores encargados de corregirlos (P).

 

Saber mortificarse

La regla, es verdad, no fija ninguna austeridad, pero no excluye ninguna: incluso, las permite todas con tal de que seamos llevados por ella bajo la inspiración divina y con la autorización del superior. Así. la mortificación será más espontánea, con un paso seguro, bajo la vigilancia de la obediencia.

Además, nuestro estilo de vida sencillo y corriente es accesible a gente que una vida más austera alejaría; y permite darse a más ministerios, al servicio de las almas.

Sin embargo, nos alegra ver y proclamar, en este mundo sensual y pagano, el dominio que las órdenes más severas ejercen en las almas generosas.

Pero allí donde la regla es más suave, ¡cuántas ocasiones para mortificarse, renunciarse a sí mismo! Hay que adaptarse a las circunstancias, a las mil incidencias de la vida, en lo que se refiere a la vivienda, a la alimentación, a la ropa, etc. Como nuestro Señor, hay que saber, si necesario, contentarse con un pesebre, con sencillos pañales, con un poco de pescado, etc. (P).

 

Inspirarse en la visión de los superiores

No hay que escudriñar demasiado los proyectos de los superiores. Sin embargo, nada más digno de alabanza que llegar a conocer sus mínimos deseos para hacer lo que le agrada, nada más digno aún de un buen religioso que repetir lo que dicen de útil, de edificante en sus pláticas, incluso en el confesionario. Este celo prudente es un excelente medio para inculcar el mismo espíritu a los miembros del Instituto.

En las Hijas de la Cruz, ¡qué avidez para retener, qué celo para repetir por todas partes las enseñanzas de los superiores!

Lo mismo las Hijas de la Caridad: se alimentan y viven de las conferencias familiares de san Vicente de Paúl.

¡Dios quiera que una corporación, compuesta de sacerdotes como la nuestra, imite el ejemplo de estas santas mujeres que provienen de todas las clases sociales y que ocupan un sitio de honor a los ojos de la Iglesia e, incluso, de los musulmanes! (P)

 

Conciliar las órdenes dadas

Hay gente que busca poner a los superiores en contradicción entre sí. Repiten a menudo a sus superiores inmediatos: La autoridad superior no lo quiere". Para saber lo que quiere o no, habría que comprenderla primero.

Luego habría que tratar de conciliar a los superiores entre sí...

En las comunidades hay siempre gente ocupada en oponer la autoridad local a la del obispo y a la del Papa. Son unos desobedientes, unos embrollones.

¿Qué hacer cuando dos autoridades se contradicen, por ejemplo el Obispo y la Sagrada Congregación de Liturgia?

Puede haber en ello cuestión de prudencia. Si ejecutar la orden que proviene del superior mayor no comporta inconvenientes, hay que obedecerle. Pero guardémonos de todo comentario que disminuya el verdadero espíritu de obediencia, que favorezca el espíritu de independencia.

¿Vernos grandes inconvenientes en sustraemos al superior inmediato? Examinemos el asunto delante de Dios. Si lo podemos, apliquemos con prudencia el principio: lex non obligat cuni tanto incoininodo (la ley no obliga con tantos inconvenientes).

Hay, en efecto, ciertas circunstancias en que un superior mayor estaría disgustado si se le obedeciera. Es lo que ocurrió con Don Cassou uno de los primeros miembros del Instituto -: el obispo, fundado en falsos informes, lo había mandado a misionar. A pesar de la decisión del obispo, hice llamar a Don Cassou a Betharram. Luego, en la primera oportunidad, expuse mis motivos a Monseñor que me dijo: "Hiciste muy bien".

 

Justificar a la autoridad

No comprometamos a la autoridad. No la condenemos... Habría que justificarla lo más posible, salvarla al menos con el silencio. Me consultaron personas que querían vivir en comunidad y cuyo párroco no aprobaba la idea. Les dije: si el género de vida al que aspiráis ya existe en la Iglesia y aprobado por ella, entonces el párroco, lejos de oponerse, favorecería vuestro piadoso plan. Entonces haríais bien de entrar en alguna de las congregaciones ya existentes y que cumplen el fin que os proponéis. En cuanto a vosotros, no tenéis otras garantías de la bondad de vuestra obra que vosotros mismos. Debéis, pues, mirarla como la cosecha de una tierra apestada y no extrañaros de que se le obligue a una cuarentena en un lazareto. Esa fue la conducta del párroco en este asunto. Me parece muy juiciosa (P).

 

Discreción con los extraños

Mucho me edificó la pobreza de las Hijas de la Cruz en una parroquia del País Vasco. Su casa recordaba el pesebre de Belén. Describí el cuadro de desnudez al mismo cura de la parroquia. Fue una imprudencia. Él, que se desangraba para socorrer a las pobres Hermanas, tomó mis palabras como un reproche. Lo herí en lo más hondo y, como viajábamos juntos en una diligencia, se descargó con todo su corazón al respecto. Comprendí, una vez más, que hay que tener prudencia con las palabras.

Pedir a las mujeres guardar un secreto, es invitarlas a publicarlo. Hasta las devotas no se contienen. Razones no les faltan para romper el silencio. En caso de necesidad, el demonio les inspirará remordimientos(P).

 

Decoro

Hay que saber tratar bien a cada uno como se merece. con toda la delicadeza que nos enseñan las mismas reglas. Hay circunstancias en que habrá que abrir las puertas a mujeres de la alta sociedad...

La ausencia de cortesía enajena el corazón y provoca amargas quejas. Se lo han hecho al Sr. obispo y tuvo que justificarse (P).

 

Prudencia en la predicación

Los ataques personales sólo irritan a la gente y provocan represalias: non serviam (no obedeceré) (Jer. 2, 20).

La prudencia de la Iglesia es admirable. A veces, espera hasta siglos antes de hablar y castigar. Su regla es, primero agotar su longanimidad; luego, cuando está obligada a condenar el mal, tiene todas las condescendencias posibles con las personas... ¡Qué ejemplo a estudiar y a seguir! (P)

 

Prudencia en el confesionario

Hay que ser prudente para recordar una obligación. Llamar la atención sin esperar enmienda, es favorecer cantidad de pecados formales. Ciertas esposas no hacen más que atormentar a sus maridos sobre los deberes religiosos. Estos, furiosos, juran no cumplir nunca esos deberes (P).

 

Circunspección necesaria

Parece que todos se fijan en nuestros movimientos, los controlan, los publican en todos los tonos y con todos los colores más desagradables, por no decir escandalosos... A menudo, a los enemigos, se suman los amigos en este triste juego. Prudencia, pues, siempre y en todas partes. No lo olvidemos, vigilemos y recemos: el infierno desencadena rabia y poder formidables principalmente contra los sacerdotes auxiliares del Sagrado Corazón (L).

 

Pensamientos

Sacar el bien del mal, como hace Dios. Eso es lo que caracteriza a los predestinados (I).

Debemos santificamos, no sólo con motivo de las virtudes ajenas, sino también con todos los escándalos (I).

Dios recompensa y guía siempre por el buen camino a los que lo buscan con un corazón puro (I).

Las gracias actuales siguen su camino, como Jesús en Emaús. Hay que retenerlo consigo, grabar en nosotros la inspiración divina (I).

Comprender, ver, sentir, son, a menudo, cosas capaces de perdernos. En el Tabor, san Pedro veía, sentía. El Señor le quita la visión para dejarlo en la oscuridad de la fe. Es que a esa meditación estática san Pedro iba confiado con ideas preconcebidas y con la inclinación a prenderse de inmediato de todo lo que veía y sentía (I).

Gustate et videte (gustad y ved): la forma de investigar, supone que el corazón es puro, que todos los afectos son para Dios (C).

El celo es hijo de la caridad. Debe ser, pues, firme, sobre todo dulce y compasivo, prudente y matemal (L).

Nunca hablamos tanto como cuando no tenemos nada que decir (C)

Por imprudencia y ligereza, hablamos como para que los enemigos de la religión o los hijos infieles de ésta se rían maliciosamente de nosotros (C).

¿Qué sucede a menudo? Escondemos las tentaciones a quienes debieran conocerlas y nos abrimos a los más sospechosos: efecto del demonio mentiroso y homicida (I).

 

N o t a s

 

(1) Congregación fundada a principios del s. XIX por san Andrés Hubert Fourriet y santa Juana Isabel Bichier des Ages.

(2) Un santo vasco: el Beato Miguel Garicoits, de Gigord, 1936.

(3) Véase este relato en Bemoville, cap. IX: Triunfo del P. Garicoits.

(4) Correspondencia de San Miguel Garicoits 1 y 11, P. Eduardo Miéyaa (fuera de comercio).

(5) Charla dada en el seminario de Bayona. El texto completo fue publicado en el Echo de Betharram, enero-febrero de 1933.

(6) Vida y Cartas del P. Miguel Garicoits por el R.P. B. Bourdenne, 2' edición, 1889, p. 206-207.

(7) Aquí estoy, Dios mío, para hacer tu voluntad. Se humilló haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz

(8) Ver la continuación de este texto importante.

(9) Escrito del santo sobre la Forma de vida de los Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús.

(10) La biografía del P. Etchecopar, tercer Superior General de los sacerdotes del Sagrado Corazón de Betharram, se publicó en 1937 (Ediciones Spes) por el P. Pedro Femessole. Su beatificación ha sido iniciada ya en Roma y el proceso apostólico está terminado.

(11) Colección de Pensamientos del R.P. Miguel Garicoits. Toulouse. Privat, 540 pág. in 32, 1890.

(12) Lugar de ejercicios militares en Bayona.

(13) Alusión a una conversación de Tauler, recogida por Surius. Tauler se encuentra con un mendigo a la puerta de la Iglesia. Éste le dice cómo encontró la felicidad en la renuncia a toda creatura para unirse sólo con Dios (Sermones de Tauler, traducidos por Ch. Sainte-Foi, Pousselgue, 1855, t, 1, p.65-67).

(14) San Miguel se sitúa aquí en el plano del destino eterno y no en el de la simple justicia conmutativa que regula las relaciones particulares entre los hombres.

(15) Estas notas son un resumen de una nueva meditación o el bosquejo de una charla. Encontramos muchos semejantes en los escritos.

(16) Alusión al golpe de Estado de Napoleón III.

(17) Alusión a los sufrimientos que marcaron el papado de Pío IX.

(18) Alusión a las rocas que dominan el santuario de Betharram.

(19) Estas palabras con que San Miguel gustaba resumir su ideal, están extraídas de Suárez (Rel. Soc. Jesu, Lib. 1, cap. 2, n. 8).

(20) El Uno. Leonide nació en Lestelle, cerca de Betharram. Entró como hermano lego y murió, como si fuera predestinado, a los 15 años. San Miguel, que lo conoció de pequeño, hablaba de él, luego de su muerte, así: "Amemos la Cruz, como el Hermanito Leorude, que todos conocisteis. ¡Qué maravilloso niño! A los 5 años, en lo más crudo del invierno, se hacía despertar, bajar de la cama, por su padre. Llamaba a nuestra puerta y se iba a la capilla. Tales felices disposiciones se multiplicaron con la edad. Admitido en la comunidad como Hermano, se convirtió, por su piedad y su amor a la Cruz, en modelo de los Hermanos. Niño como era, sabía la brillante filosoria del crucifijo, al punto de ser admirado por todos los que lo trataban (Vida, la Ed., p. 276).

(21) Secretario de Mons. Loyson, obispo de Bayona.

(22) "Lo hice un ser espiritual, incluso en la carne... Y ahora se ha vuelto carnal, incluso en el Espíritu" (Bossuet, Elevaciones, 7 a Sem., Y Elev. Cf. san Agustín, La ciudad de Dios, Lib. XIV, Cap. 15. P.L. 61, 423).

(23) Vicario General de la diócesis de Poitiers y superior de las Hijas de la Cruz.

(24) Evaristo Etchecopar, tío del futuro P. Augusto Etchecopar.

(25) Alusión al desafortunado Sauzet, ejecutado el 27 de Febrero en Pradelles (Haute-Loire) y cuya muerte fue muy edificante.

(26) Se trata del P. Passaglia, salido de la Compañía de Jesús en 1859. La prueba, como intuyó san Miguel, le resultó favorable: murió en 1887. reconciliado con la Iglesia.

(27) Esta reprimenda de san Miguel apunta a las gestiones hechas por algunos misioneros de América ante la Santa Sede para obtener más amplios poderes a fin de ejercer el ministerio sacerdotal en otras provincias. fuera de la diócesis de Buenos Aires.

(28) Alude al suplicio de Sauzet. Según declaraciones del sacerdote que lo asistió, san Miguel creía en la inocencia del condenado quien, calumniado, aceptó con heroísmo la muerte antes que denunciar al verdadero culpable.

(29) Industrias para curar las enfermedades del alma: publicación del P. Claudio Aquaviva -finales del s. XVI-, Superior general de la Compañía de Jesús. San Miguel apreciaba mucho esta obra y la recomendaba mucho a los superiores.

(30) Obra publicada en los inicios de la Compañía y que contiene preciosas indicaciones para hacer con provecho los Ejercicios Espirituales de san Ignacio.

(31) Mons. Lacroix, al no querer establecer la comunidad de Betharrani como Instituto religioso, permitió, con muchas restricciones, pronunciar los votos.

(32) Bossuet había dicho casi lo mismo: "Sin apenamos por rebosar de pensamientos ambiciosos, preocupémonos por alcanzar horizontes lejanos de bondad; y, en oficios delimitados, tengamos una caridad infinita (Sermón sobre La ambición, Ed. Lebarq, T. 4, p. 153 ».

(33) El venerable P. Luis Eduardo Cestac, fundador de las Siervas de María de Anglet (Bayona).

(34) El P. Rossigneux era catedrático de Universidad.

(35) Era el momento en que el P. Garicoits sometía a Mons. d'Astros el proyecto de fundar el Instituto.

(36) San Miguel recurre muchas veces al ejemplo del ferrocarril y saca diversas conclusiones. Su espíritu, muy sensible al progreso, estaba fuertemente conmocionado por el tipo de locomoción, nuevo entonces, que cambiaba considerablemente las condiciones de los viajes y facilitaba así los desplazamientos de los misioneros.

(37) San Alfonso Ligorio era hombre de experiencia. Encaraba las cuestiones, las verdades, del lado práctico. Era prácticamente práctico, practico practice. ¡Cuántas aberraciones en los que miran las cosas especulativamente! ¡Cuántas falsas decisiones! Jansenistas apartando a pueblos de la comunión y dejándolos vivir como animales. [ Apreciación valorativa del P. Garicoits ]

 

El origen de los textos se indicará por las siguientes letras:

 

E: Escritos de San Miguel

L: Cartas

P: Libro de Pensamientos

I: Cuaderno inédito de conferencias de san Miguel.

C: Cuaderno del Hno. Cachica, escolástico, que recogió preciosos apuntes de las conferencias y de las clases de san Miguel en 1858 y 1859. S: Sumario de testimonios en el proceso de beatificación.

V: Vida de san Miguel, por el P. B. Bourdenne